Recuerdo el zumbido de las bombas sobre Santa Rosa de Lima, el va y viene de disparos, la suspensión de clases hasta que se recogieron los cuerpos de los hermanos que dieron su vida por un ideal, por una democracia donde la gente gozara el derecho al sufragio, el derecho a organizarse sin ser blancos del gobierno, el derecho de la libre expresión, el derecho de proponer y llevar acabo cambios socio-económicos que rompieran con siglos de la subyugación de un pueblo.  Un pueblo pobre pero trabajador, un pueblo que ya estaba cansado de ser golpeado, explotado y maltratado.  Fue meses antes que terminara el conflicto armado que—como millones de Salvadoreños—mi familia emigro a Estados Unidos.  Esta extracción a una corta edad y en un momento crucial en El Salvador me impide estar físicamente presente en mi país, aunque la realidad es que uno nunca se olvida de su tierra, de la patria que la vio nacer, de las experiencias vividas, de las ganas de ver un país libre de violencia, inigualdades, pobreza, de sufrimiento.