Cuando se intenta hacer un repaso de la historia de la Universidad en la Argentina es imposible avanzar sin pensar el rol del Movimiento Estudiantil. ¿Cómo hablar sobre la Universidad sin pensar en la Reforma de 1918? ¿Cómo sin mencionar el Decreto-Ley de Gratuidad Universitaria en 1949? ¿Cómo sin pensar en aquel Cordobazo? ¿Cómo sin pensar en la resistencia a las políticas neoliberales de la década del 90?

La primera universidad en la Argentina fue la de la ciudad de Córdoba, fundada por los jesuitas en 1613. Pensada para formar a los cuadros intelectuales de una pequeña elite, esa casa de altos estudios llegó hasta principios del siglo XX sin cuestionar o reflexionar sobre ese rol; con una impronta religiosa muy fuerte y autoridades que ocupaban sus cargos de por vida. 

Es así que en 1918, un grupo de estudiantes plantearon un programa de reforma que por un lado levantaba banderas del claustro estudiantil, pero por otro lado replanteaba el rol que la Universidad debía tener. El 1° de abril de ese año se llevó adelante la primera huelga estudiantil que impidió que comenzaran las clases porque no se presentó ni un solo estudiante a cursar.

En un primer momento se pedía simplemente democratizar el acceso a las cátedras a docentes nuevos, pero luego el programa se radicalizó, e incorporó las ya conocidas reivindicaciones de la Reforma Universitario de 1918: cogobierno estudiantil; autonomía universitaria; docencia libre; libertad de cátedra; concursos con jurados con participación estudiantil; investigación como función de la Universidad y extensión universitaria (compromiso con la sociedad).

Cada uno de esos planteos surge del llamado “manifiesto Liminar”, documento fundacional del Movimiento que le habla a “los hombres libres de Sud América”, dándole a todo el proceso de lucha estudiantil un claro tinte latinoamericanista.

“Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos los advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”, decía aquel texto redactado por Deodoro Roca.

Además del latinoamericanismo, este proceso de luchas incorpora otra novedad: la unidad obrero-estudiantil. En las diversas marchas y tomas de facultades que se realizaron en la ciudad de Córdoba, los sindicatos locales comenzaron repudiando la represión policial y finalizaron movilizándose de forma conjunta con los universitarios.

Más allá de las idas y venidas, se logró que haya representación estudiantil en el gobierno de las universidades, cuestión que aquí, en la Argentina, parece normal pero en muchos países es un elemento absolutamente desconocido. Además se puso sobre el tapete la necesidad de discutir el modelo de Universidad.

Otra profunda reformulación de la Universidad se dio cuando en 22 de noviembre de 1949, el entonces Presidente Juan Domingo Perón suspendió los aranceles universitarios. Según una estadística del "Departamento de Estadística Educativa", en ese momento la matrícula universitaria paso de 40.284 estudiantes en 1945 a 138.871 en 1955(cabe aclarar que este crecimiento sostenido se continuó en la próxima década ya que en 1965 concurrían 206.032 estudiantes a las universidades, según la misma fuente).

Además, se sancionó por ley el derecho a becas de los estudiantes universitarios. El artículo 87 de la ley 13.031/47 estableció que “El Estado creará becas para la enseñanza gratuita, cuya distribución entre las diversas universidades de la Nación, se hará por el Poder Ejecutivo. Para proceder a dicha distribución, se tendrán en cuenta las características y necesidades regionales, sociales, económicas y culturales, referidas a cada universidad, procurando que con la concesión de becas se cumplan, de la manera más acabada posible y con un sentido social, los fines asignados a la universidad. Habrá dos clases de becas: las de estudio y las de estímulo”. Tal cual se lee, las becas eran orientadas a satisfacer las necesidades de educación regional.

La legislación educativa sancionada en el año 1947, fue la primera en la historia del país que mencionó la necesidad de que las universidades impulsen la educación de los egresados de las casas de altos estudios. Dicha demanda de especialización académica de los graduados, surgió como el resultante de las nuevas exigencias en cantidad y en calidad, del sistema productivo y tecnológico argentino.

En este marco, se ubicaban los estudios de especialización de posgrado para los graduados que implantó el peronismo. El artículo 100, inciso c) de la ley 13.031 de 1947 introdujo un apartado “De la enseñanza para graduados (Cursos y carreras de especialistas)”. El texto mencionó que “Las facultades reglamentarán la enseñanza para graduados, organizando cursos de perfeccionamiento, de especialización y carrera de especialistas, con el objeto de propender a la formación de los técnicos que necesita el país en cada una de las ramas de las ciencias y de actualizar los conocimientos de los profesionales. Se le dedicará preferente atención a aquellas materias que no figuren en el plan de estudios para estudiantes”.

En ésta misma línea, la ley Orgánica de Universidades 14.297/54 en su artículo 25 estableció que las facultades deberían promover la apertura de institutos y cursos de investigación incluyendo a los graduados. Y en el artículo 60 declaraba: “Las facultades reglamentarán la enseñanza para graduados, organizando centros de graduados y cursos de perfeccionamiento o especialización”.

El peronismo fue el primer gobierno que sancionó una ley universitaria desde el año 1885, y fue, además, el gobierno democrático que mayor cantidad de leyes de Educación Superior sancionó en la historia del país: Nº 13.031/47, Nº 14.297/54 y Nº 20.654/74. Pero estas no fueron medidas aisladas, más bien todo lo contrario, respondían  a una visión estratégica de proyecto de país. Durante los dos primeros gobiernos peronistas, también se creó la Universidad Obrera Nacional, se expandieron como nunca antes las escuelas técnicas, y se reemplazó el viejo Ministerio de Justicia e Instrucción Pública por el de Educación, otorgándole la debida jerarquía dentro del Estado. Además, se normalizó la carrera docente a través de la formulación de un estatuto en el año 1954.

Es cierto que la gratuidad no era un reclamo del Movimiento Estudiantil, que en ese momento no acompañó al proceso político popular que se dio en la Argentina. Por el contrario, llegó incluso a celebrar en 1955 al golpe de estado que hizo llorar a millones de trabajadores, y que mantuvo proscrito al peronismo durante más de 17 años.

Esa incomprensión entre el Movimiento Estudiantil y los trabajadores comenzó a saldarse a partir de 1966, cuando un nuevo golpe de estado paso de prohibir solo al peronismo a proscribir a todos los partidos, y llevó adelante La Noche de los Bastones Largos que incluyó la intervención y la represión en todas las universidades.

Tres años pasaron hasta que en 1969, también en Córdoba, estudiantes, docentes y obreros, tomaron la ciudad como forma de protesta contra la dictadura del entonces Presidente de facto Juan Carlos Onganía, quien desde ese momento tuvo los días contados.

Las universidades se trasformaron en un espacio de encuentro y ebullición que tuvieron su máxima expresión en lo que fueron las Cátedras Nacionales, y que dieron lugar  a publicaciones que recorrieron el mundo como Antropología Tercer Mundo y Envido. El debate pasaba por lograr abrir las puertas de la Universidad al pueblo, pero además por cuestionar el modelo eurocéntrico y por pensar a una Universidad comprometida con el desarrollo económico, político y social.

Sin embargo, llegó la noche más dura. En 1976 el golpe de estado, autodenominado Proceso de reorganización nacional, secuestró, torturo y desapareció a 30.000 personas, de ellas el 30,2% fueron trabajadores y 21% estudiantes. Muchas Facultades y Universidades fueron cerradas.

Pero esos no fueron años de silencio. El pueblo se manifestó. La CGT impulsó planes de lucha. Los artistas impulsaron obras de teatro de denuncia en el extranjero, y muchas madres y abuelas salieron a pelear para que les devuelvan a sus hijos y a sus nietos.

Con una ciudadanía que lentamente volvió a salir a las calles y un gran desprestigio a nivel internacional por el inagotable trabajo en el extranjero de los argentinos exiliados, la Dictadura en Argentina cayó.

Y en 1983, volvió la democracia, y con ella se volvieron a abrir las puertas de muchas facultades cerradas. La Universidad volvió a tener acceso irrestricto; a ser gratuita; a tener autonomía; y replanteó un cogobierno parcial, ya que no cuenta con igualdad entre los claustros.

A partir de ese momento el desafío pasó a ser otro. Los sectores poderosos quisieron aplicar el plan del Banco Mundial para las universidades, y fue así que intentaron que los contenidos y las matrículas se ajustaran a las necesidades del mercado y no a las del pueblo. Y esto se reflejó tanto en intentos de que empresas multinacionales intervengan en las matrículas de las carreras y en los temas de investigación, como en intentos por arancelar la Universidad de dos maneras. Comenzaron de una forma sutil: pasando contenidos de los títulos de grado gratuitos a los posgrados pagos. Pero luego quisieron arancelarla directamente. Todo esto porque en 1995 se aprobó una Ley de Educación Superior de tinte neoliberal que no logró ser frenada, más allá de que algunas universidades se resistieron a aplicarla (entre ellas la UBA).

El Movimiento Estudiantil resistió. Logró frenar los aranceles. Logró frenar los cupos. Logró frenar muchos de los embates de las empresas transnacionales para definir los contenidos.

El modelo universitario argentino es la fiel muestra de que se puede tener un sistema de educación superior masivo y de calidad. Sin embargo, hoy creemos que el principal desafió que tenemos los estudiantes argentinos es recuperar el rol histórico que tuvimos un siglo atrás. Retomar aquellas banderas y sumarle nuevas. Principalmente  creemos que es fundamental pasar de la resistencia a la liberación, y a refundar nuestras universidades. Tenemos que lograr que el Movimiento Estudiantil sea el protagonista de una nueva historia, en la que las casas de altos estudios sean la fuente mayor de pensamiento crítico, de información alternativa y de desarrollo. Tenemos que ser los pateemos el tablero y discutamos el eurocentrismo que tiñe a muchas de nuestras carreras, sino a todas. Tenemos que cumplir el rol que nos toca en cada sociedad para romper con la dependencia económica.   

Y todo eso solo lo lograremos luchando, palmo a palmo, en toda nuestra América.

Constanza Bossio

Secretaria General Federación Universitaria Argentina - FUA